jueves 11 de septiembre de 2008
Notas del lector: prólogo
“El lector que no lee” es una construcción de persona tan contradictoria en su estructura que conlleva a imaginar un espacio en la comunicación en donde sólo se pretende ver y ya no leer.
Cuestión de tiempo, de practicidad, no lo sé. El hecho es que los medios inventan este mal llamado lector y los lectores se amoldan a esa construcción. Se vuelven lo que los otros pretenden que sean, y ya no es cuestión de elección. Te imponen un nuevo estilo que es aceptar que lo fácil es más práctico, que lo económico (en palabras) lleva menos tiempo en ocuparte de esas cosas en la que es preferible no ocupar. ¿Será acaso que es preferible llenar nuestras cabezas de imágenes que tratar de reproducirlas a través de palabras? ¿O acaso será que es más conveniente ocupar nuestras mentes en noticias cortas fácilmente desechables, estar al tanto con dos o tres líneas y no sentarse a leer por horas temas más complejos, mejor resueltos, mejor narrados y con cierta expectativa de quedarte pensando después?
Saber que le pasó a la tetona de onda es mucho más glam que saber por qué no debemos apoyar la extracción de metales. Ya no es cuestión de principios ni de libre elección de temas… ya es una imposición. En los diarios y revistas ya queda poco lugar para las largas crónicas, y los libros ya no se venden como diarios. Ni nunca se venderán. Tampoco es un tema netamente social ni político. El lugar de la lectura es fundamental y este género, el de la crónica, debe pelear contra su reducción o desprestigio. Si fue la primera forma de dar información, debe ser la base de las demás. Creo que no hay que abolirla ni suprimirla, se debe reivindicar y establecer más concisa y fuerte para que el lector vuelva a ser el que lee (reproduce, piensa y sigue inquietado).
miércoles 20 de agosto de 2008
El fantasma y el arenero
“Te verás obligado a volver, no se pueden traicionar las cosas que se aman”
“Eras la imagen del sol, eras la imagen de la vida.” –pensaba el Arenero en un diálogo sordo con el Fantasma, que como un ritual, le teñía con penas cada atardecer. La noche, ese recortado e imperfecto borde, caía sobre el río, donde la pampa sumergía sus patas de enorme escarabajo, acariciando la tierra húmeda del delta. Su increíble oscuridad, derrotada de rojos, naranjas y azules, que se iban perdiendo en negros cada vez más profundos y siniestro, más tristes y familiares. Sobre el agua, el reflejo de las alejadas luces del pueblo, apenas permitían adivinar el perfil del viejo. Un eterno cigarrillo humeaba en la proximidad de los labios y la percudida mano acompañaba la brasa en un ir y venir nocturno.
miércoles 14 de mayo de 2008
Destinos imposibles de predecir
La conversación que tuve con mi hermana esta mañana, hace unas horas, me hizo descubrir una faceta en ella que hasta hoy desconocía. Siempre la consideré muy inteligente para sus escasos años de edad, siete para ser precisa. Entre sus preguntas sin sentido, divertidas e inocentes, formuló una tan sencilla como interesante. Yo estaba desayunando, como normalmente hago todas las mañanas, y como también es costumbre, me quejaba sobre el viaje a Capital que me esperaba: desde mi punto de vista viajar cuatro veces a la semana desde Zarate –ciudad de cual provengo- hasta la facultad en Parque Centenario es profundamente tedioso, fastidioso. Lunita -diminutivo del nombre de mi hermana- se paró en frente mío y me miró con esos ojos grandes, como si en esa inmensidad que abarca su mirada estuviera latente la intriga o el vacío de respuestas, de su boca salió una frase que pretendía callar mi angustia tan explícita: “Dejá de quejarte. A mí me aburre quedarme en casa todos los días. ¿Sabés todo lo que me gustaría viajar a Buenos Aires tan seguido como vos?”. Me sorprendió tanto su demostración de impaciencia por que deje de lamentarme, como lo que significaba esa pregunta: a ella le gustaría viajar con más frecuencia.
Intenté explicarle que las primeras veces fueron divertidas pero que, como todo, con el tiempo y la repetición lo más entretenido se ve tapado por una fina capa de polvo, que día a día nos nubla la posibilidad de verlo tan interesante como antes y nos deja sólo algo gris y sucio que pocas ganas nos dan de limpiar. Redescubrir la magia del viaje sólo era posible si por un largo tiempo dejara de habituarlo para que el polvo se fuera y volviera a sentirlo tan brillante y nuevo como ayer. La vida es un viaje que a su vez está compuesta por viajes más chicos. Los hay de todo tipo. Algunos recorren grandes distancias, otros simplemente son tan cortos que con dos pasos ya llegamos a destino. Algunos son productivos, otros en vano. Otros viajes son frecuentes, y otros más exóticos inusuales originales. Hay pedacitos de viajes que se encuentran dentro de otros viajes. Pero el rasgo más importante reside en la manera en que nosotros podemos catalogar nuestro viaje. Ver por qué diferimos con un compañero de ruta si en definitiva contamos un mismo viaje. Me pregunto en qué nos basamos cuando caracterizamos un viaje, qué cosas lo hacen distinto, mejor o peor. Hoy me desperté, gracias a mi hermana, con esa inquietud, quizás pueda durante el día contestarla o dejar que otros con más ingenio la respondan.
Voy hasta
Llego a la facultad y curso mis dos horas de antropología. Terminada dicha clase me encuentro con mi amigo Pablo y nos dirigimos hacia el cine Cosmo con el fin de ver una película (elegida al azar para darle intriga a la cuestión) titulada “Hold me tight, Let me go”.
Saliendo de la sala mi mente ya no era un blanco purísimo, no estaba agotada por la necesidad de encontrar algo que encendiera la diversión, de hecho no la había encontrado, pero ya no era todo tan vacío. Dentro de mí las ideas se asociaban y se ligaban como en una danza poco convencional. La paz irrompible que frecuentaba antes de ver la película se derrumbó, y dio lugar a la recapacitación, que me llevó a un estado de intranquilidad sublime. Ese documental había despertado en mí una angustia apenas perceptible, pero muy fuerte en mi interior. La misma trataba sobre una escuela llamada Mulberry Bush, la cual está especializada en casos de disturbios emocionales especialmente graves. Al principio me sentí muy a gusto al haber elegido esta película porque me resultaría cómodo trabajar sobre ese tema (la psicología es un tema que me apasiona), pero lo lamenté luego al experimentar tanto dolor. Siempre fui muy sensible, y los niños tanto incomprendidos como sufridos son mi debilidad. Estos nenes de entre seis a doce años que habían capeado tormentas interiores de amor y odio, soportado profundas heridas y hondas desilusiones, han intentado adaptarse a un ambiente que no sólo resultaba lastimosamente inadecuado para sus esperanzas y temores, sino que además, con las mejores o las peores intenciones, siempre resultaban expulsados por su mal comportamiento en las escuelas “normales”. Ellos al no poder adaptarse, eran enviados a otro colegio en el cual se sentirían acompañados por pares y adultos dotados de infinita paciencia y grandes conocimientos de pedagogía. Y a pesar de sus dificultades, los niños tratarían de superar en cierta medida sus ilimitados temores, ahogar grandes cargas de instintos primitivos e ineducables, y dirigir toda su atención a un fin concreto: salir de allí listos para integrarse a la sociedad.
Es imposible explicar qué grado de impotencia me penetra por la piel. Esa sociedad no crea individuos, recrea engranajes: personas que son como partes idénticas que encajan perfectamente entre sí para llevar el buen funcionamiento de esta gran máquina que es el mundo capitalista, y si alguna de esas partes falla se debe sacar y reconstruirla, en el caso que sea imposible, desecharla. “Desde 1880 se constata que la prisión, lejos de transformar a los criminales en gente honrada, no sirve más que para fabricar nuevos criminales o para hundirlos todavía más en la criminalidad”, ¿es necesario explicar su relación? De esa escuela los chicos sólo salen peor, y puedo explicar a grosso modo tres justificaciones. Primeramente que comparten años de vida junto a compañeritos que son iguales o peores, lo que lleva a que se copien de ciertas actitudes que no son las requeridas. Segundo, que se pretende socializar a un individuo aislándolo de la sociedad, lo cual me parece una contradicción. Y por último, estos niños ven a sus padres cinco o seis veces al año. Sí, ¡al año! Ahora por favor que alguien me detenga si no estoy en lo correcto, ¿qué niño no sufre a causa de un padre ausente? ¿Qué clase de monstruo permite que ellos mantengan sus mentecitas pensando que eso les hará bien, sólo por satisfacer al mundo, y poder salir de allí para reencontrase con su familia? ¿Es necesario ese castigo? ¿Cómo pueden vivir con la angustia de sentirse abandonados otra y otra vez por aquellas personas que le concedieron el regalo de la vida?
Y vuelvo a llorar… la imagen de ese chico de tan sólo 8 años abrazado a los pies de su madre, gritando “no te vayas, ¡te quiero!” vuelve a mí, con tanta fuerza y claridad que me es imposible olvidar. La madre se iba, y al niño lo agarraban para que no corra detrás de su mamá. Él seguía llorando y desparramando toda su ira en un intento por calmarse. Conteniendo el dolor, como si el mismo fuera un pecado. ¡Qué inhumano puede ser el hombre! ¡Con cuánta facilidad un adulto deshace los sueños de un niño que sólo pretende ser feliz junto a sus padres! No se dan cuenta acaso que debajo de esa ira, por debajo de las bravuconada, y por debajo de la falta de respeto hacia la ley, hay una espantosa soledad. Esa sensación de creer no tener un amigo en el mundo, pensar que a nadie le importa lo que hagan o dejen de hacer, y menos aún a sus padres. Comprendo también que ningún padre se sienta cómodo si tiene al lado a un niño colérico, pero éstos no tienen por qué seguir siéndolo si se los orienta hacia la comprensión de las razones de su mal comportamiento. Quizás su verdadera personalidad se oculte detrás de sus ansiedades y depresiones.
Insistencia por parte de los padres en que se debe hacer lo que dicen y no lo que hacen. Resentimiento de los padres contra la existencia del niño. Falta de afecto, de atención y descuido de la necesidad del niño que se lo escuche y se le hable. Menosprecio de las preguntas, ideas y sueños del niño. Mentiras endilgadas al niño. Incoherencias en la disciplina. Ataques verbales contra el niño, por medio de burlas y sarcasmos. Golpear y castigar al niño. Negligencia ante los pedidos de ayuda del niño. Presencia de problemas emocionales extremos en los padres mismos, tales como alcoholismo o promiscuidad, y el fracaso en lo relativo a ayudarse a sí mismos, con lo cual transmiten al niño su enfermedad emocional.
Mientras camino a
Ya arriba del micro, y mientras apoyo la espalda sobre el asiento, me ausento mentalmente. No paro de pensar un segundo, y trato de volver a la realidad lo más rápido posible. Pablo me habla, y si bien entiendo sus palabras no distingo su significado, mi cuerpo está ahí pero mi yo se encuentra en alguna otra parte, irreconocible y tan cambiante lugar llamado pensamiento. Pablo me habla, y me comenta que para él el documental estuvo bien, pasable. Pero no logro notar en sus palabras la sensación que experimento. A mí la película me echó agua helada sobre la cara, impactó con mi cuerpo, golpeó mi alma y destruyó mis sentidos. Teníamos dos miradas distintas del mismo viaje, tal como lo había dicho mi pequeña, pero sabía hermana.
Llego a mi casa y comienzo a escribir la experiencia vivida. Está intacta, el recuerdo está tan fresco, tan presente. Y no es porque pienso que mi relato está incompleto, o desprovisto de emoción, pero necesito recurrir a una canción. Busco en mi lista de reproducción un viejo pero significativo tema, al menos para mí. Y hago esto no sólo para enriquecer mis pensamientos, sino porque gusto de escuchar palabras que se relacionen con lo que escribo, porque me tranquiliza y de cierta manera deja que fluyan emociones que creía encapsuladas, y que surjan nuevas. El tema es la perfecta excusa para no tener que crear continuamente la forma de transmitir mis sentimientos. No lo niego, seguramente derramaré alguna lágrima. Pongo play, y mientras escucho la melodía ya se asoma agua por mis ojos. Al oír esa voz que tiene como dueño una persona a quién admiro por ser un loco más en este mundo, recuerdo que gracias a su sana falta de cordura me ha regalado tantos momentos, y en este instante “Plegarias para un niño dormido” es sólo uno más.
“Plegaria para un niño dormido, quizás tenga flores en su ombligo. Y además, en sus dedos que se vuelven pan, barcos de papel sin altamar.
Plegaria para el sueño del niño, donde el mundo es un chocolatín. ¿A dónde van mil niños dormidos que no están?
Entre bicicletas de cristal, se ríe el niño dormido. Quizás se sienta gorrión esta vez, jugueteando inquieto en los jardines de un lugar que jamás despierto encontrará.
Que nadie, nadie, despierte al niño. Déjenlo que siga soñando felicidad, destruyendo trapos de lustrar, alejándose de la maldad.
Se ríe el niño dormido. Quizás se sienta gorrión esta vez, jugueteando inquieto en los jardines de un lugar que jamás despierto encontrará.”
Me pregunto por qué continuar con el llanto sin explicación lógica, ¿será que necesito descargar mis emociones junto a una canción? Así es como reacciono frente al dolor. Algunos pelean, maltratan. Yo simplemente ansío descubrir letras que me lleguen a tocar el alma, y consecuentemente el llanto a flor de piel. Es así mi manera de somatizar mi dolor, sin agresión física hacia el otro. ¿Acaso me agredo yo misma de esta manera? La conclusión que me atrevo a sacar ahora es que cada uno expresa sus sentimientos de la manera que aprendió a hacerlo de niño y le resultó efectiva.
Esa canción me desahogó, pero no quitó de mi mente la sensación de angustia constante, por el contrario, sacó de mí aquello que quería olvidar para volver a sonreír. Y ahora deseo alejarme de todo pensamiento oscuro, pero no puedo. En la ignorancia no se sufre, la felicidad es un estado subsistente que sólo se ve interrumpido por los efectos de la realidad. Y si yo no vivo en ella podré vivir tranquila y en paz. Pero desgraciadamente y afortunadamente cuento con una conciencia que no me lo permite. Me resulta egoísta pensar sólo en uno mismo, y creer que como en los sueños todo es más lindo, uno debe vivir en ellos sin ver lo que realmente ocurre. En este momento estoy comprometida con mis sentimientos, una especie de humo gris que nubla mi alegría una palidez que se expande dando a conocer la más pesimista de mis actitudes. Pero no voy a olvidar, ni voy a prender la tele para obviar inquietudes, voy a continuar llorando y escribiendo para desplegar como alas estas sensaciones que se renuevan y se complementan. Decido no distraerme y continuar con esto, aunque me entristezca. Recordar el sufrimiento de esos niños hace apreciar mi vida y no descuidar la de los otros.
Transitar varios estados de ánimos no sólo lo provocó la alteración del entorno sino un episodio particular. El viaje de ida lo creí insulso, el de vuelta me sorprendió. Y ese punto de vista me lo modificó una simple película. Llegué a la conclusión de que un viaje puede ser distinto aún pareciendo igual, sólo basta con cambiar la perspectiva. Si hoy fui contenta y volví llorando, es por la razón de que la irrupción de algo o alguien me cambió la manera de pensar, de sentir, de ver, de vivir. Es muy simple, por más que transitemos un mismo camino varias veces, nunca aquel dejará de sorprendernos. Y ese asombro nos hará dar un giro en la cabeza para ver desde otro lado lo mismo y así encontrarle diferentes caras a lo que se creía plano. No creo que existan dos viajes idénticos, no lo veo posible, porque hasta uno mismo parece no reconocerse ante situaciones semejantes. Un viaje que al principio parece intolerable, al atravesar una situación, puede convertirse en placentero. O viceversa. Tenía razón Lunita, los viajes son fantásticos.
Me recuesto en mi cama sabiendo que mañana será un día aún más frío, con un largo viaje hacia capital por la mañana. Pero esta vez ya no me quejo. Aprendí a valorar ciertas cosas. Sé que el viaje me traerá como entrada sentimientos entrecruzados en salsa de recuerdos, como plato fuerte una nueva experiencia y como postre, extraños seres endulzados con aromas de lugares nunca antes vistos. Agradables y siempre bienvenidos los destinos imposibles de predecir.
miércoles 23 de abril de 2008
¿ Y AHORA ?

imposible llegar a lo que voy a escribir." Kant